En la mente de San Martín se agitaba un sueño continental;
dar la independencia a dos países hermanos, un sueño de libertad.
Para ello ideó un plan que con miles de brazos debía contar.
Y con un lugar estratégico donde su Ejército poder entrenar.
En el Plumerillo, fecundo sitio salitroso, se prepararon los inmortales;
hombres de carne y hueso que por sus hazañas quedaron en la historia como tales.
Apenas clareaba el alba sonaba un cañonazo y se poblaba el desierto.
Y el General les enseñaba con su gallardía y con su ejemplo.
Álvarez Condarco, Cóndor de los Andes, su memoria visual prestó al capitán;
plasmando en papel sus recuerdos de la majestuosa cordillera que deberían conquistar.
Humildes y bravos soldados, ejercitados en las armas y el credo;
en mulas cargando sus pertrechos partieron hacia la gloria desde aquel predio.
En dos columnas principales marchaba el Ejército;
por una el prócer magnánimo y por la otra un gran caballero.
Héroe de batallas pasadas, el undécimo batallón encabezaba,
Don Juan Gregorio de Las Heras, guerrero de la independencia sudamericana.
A liberar Chile se dirigieron sin demora por el camino de Uspallata;
escarpado monumento de la naturaleza hecho de roca y grava.
Tras once horas de marcha en Canota descansaron
las extenuadas huestes del bochorno del verano.
Continuaron la travesía de la cordillera inhóspita.
Atrás quedaba la Cruz de Paramillo, la pampa de Canota…
En la Estancia de Uspallata permanecieron
aquellos patriotas que la libertad defendieron.
Mientras para el cruce andino se preparaban,
noticias de una derrota a sus oídos llegaban.
El Fortín Picheuta por los realistas había sido sorprendido
pero siete milicianos consiguieron huir para avisar del peligro.
Por orden de Las Heras el sargento Martínez persiguió al enemigo
llevándose a cabo un combate de tres horas en Potrerillos.
Y aunque los realistas no pudieron ser vencidos se retiraron,
dejando el camino hacia las cumbres
despejado.
despejado.
Picheuta, Polvaredas y el arroyo Santa María serían el nuevo destino,
para dirigirse luego al último campamento en suelo argentino.
En Paramillos, tras sortear los peligros del río Vacas y Cuevas
Las Heras planea una nueva hazaña; cruzar de noche la cordillera.
A los osados viajantes nocturnos acompañó la luna,
y así esquivaron los gélidos vientos que soplan bajo la luz diurna.
A las tres horas de la madrugada el cruce más alto de noche se completaba
y la ruta sanmartiniana por Uspallata en la historia universal se sellaba.
Tras la huella penosamente seguía Fray Luís Beltrán
conduciendo la artillería, tarea encomendada por el General.
Exitosa fue la travesía y a Santa Rosa de los Andes arribaron
para reunirse en el valle de Aconcagua los gloriosos soldados.
Y desde allí todos juntos a las órdenes de San Martín ya avanzaban
a conseguir en Chile las victorias que en el Plumerillo se esbozaban.